Por Joaquín Hurtado

Para Vane y Sandra

Vine a casa de Lucha a vestirme de mujer. No es que me guste esto o lo otro, simplemente me divierte mucho peinarme la peluca, usar el tacón muy alto, y actuar mariposo con las manos enjoyadas con pulseras que hacen tintín.

Nos echamos en la sala a ver novelas de amor. Mami Rosy nos prepara palomitas y nos da poquita Coca. Lloramos con el drama. Tocan a la puerta. Espiamos por una rendija. Rosy dice no se preocupen, niñas, es nomás el abonero.

–A tu mami le gusta el muchacho –murmuro.

El abonero es muy apuesto, las pestañas chinas, el pelo rape estilo militar, en uniforme caqui. El chambelán ideal para la quinceañera. Rosy paga la letra vencida, platica de la calor, se abanica con el talonario. El sillón de vinil donde estoy regia fue comprado a plazos, con el mismo cobrador, como los demás muebles de la casa. Por eso el joven viene a cada rato.

–Mami –grita Lucha–, cuando crezca voy a casarme con tu abonero.

–Claro hija, cuando seas doctora vas a poder tener todos los amores que quieras.

-Y me lo prestas un ratito –tercio yo, oportunista.

–¡Te lo rento! –Lucha pone punto final al negocio.

Durante la barra de comerciales vamos a la cocina para regresar los cubiertos, caminamos y bailamos pasitos de ballet, pedimos más soda. Rosy se opone.

–Acuérdense, chicas, que la Coca engorda. Flaquitas nos vemos más bonitas. Todo esto lo dice con mucha dulzura. Ella es morena, alta, esbelta, teñida. Perfecta.

–Yo me quiero casar contigo, Rosy –le digo acariciando su tersa piel, y agrego: –¿Un día me pintas el pelo de güero?

–Claro, mi reina, nomás que seas grande.

Rosy es un modelo de madre, nos cuida perfectamente. Con ella se está muy a gusto. Es tan buena, la mami que siempre he soñado. Nos presta sus accesorios y revistas de modas con vestidos preciosos; las de lencería fina son mis favoritas.

–Auméntame más el busto –le pido a Lucha–. Ponme el brasier del pegue.

Lucha mete más trapos en mi pecho y el sostén se infla así de picudo. Frente al espejo del peinador me doy gusto con los tacones. Polveo mi nariz, me encarno las mejillas, coloreteo bestia los labios, me echo encima más collares y polvo Maja. Me encanto.

Lucha se burla: –Pareces cabaretera.

–¿Me saldrán senos bonitos como las tuyos, Rosy?

Rosy nomás levanta los hombros y entorna sus ojos negros mientras se pasa el cepillo por el pelo largo, azabache, brillante. Concluyen los infinitos comerciales, volvemos a la trama. El televisor es de bulbos, la pantalla en blanco y negro, los monos se ven chuecos. La historia siempre es la misma. El pobre se enamora de la rica y después de sufrir y sortear mil obstáculos los dos acaban besándose en una cama, felices para siempre. Nos aburrimos. Regresa el abonero.

–Vayan a la calle a jugar, princesas –nos propone Rosy.

Lucha me desmaquilla, me viste como hombrecito, me rocía con el agua de colonia de su papá. Ella hace lo mismo, se recoge el pelo bajo una gorra, se viste de short, camiseta y tenis soccer. Salimos con mirada ruda a buscar retas de fut. Nos unimos a un partido que ya juegan los chavitos en los campos, todos sudorosos y greñudos.

Aunque Lucha es mujercita los chavos la dejan jugar sin oponerse, por su puntería y agilidad. Sabe dominar el balón como Pelé, tira a matar. Ella y yo somos ahora unos bravos gladiadores, no nos dejamos, no tenemos miedo, hablamos con maldiciones y escupimos al suelo a cada rato, más machos que ellos. Lucha es campeón goleador y yo portero estrella. El mundo es nuestro.

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