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Letra S Salud Sexualidad Sida
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Con frecuencia se oye decir que la virginidad es cosa del pasado. Algunos –o más bien algunas- lo afirman con alegría, otros con cierta nostalgia. Pero valdría la pena detenernos a pensar de qué virginidad se habla en esta añoranza y por qué se ha considerado un bien tan precioso en nuestra cultura. Si escuchamos entre líneas, en general virginidad significa la ausencia de coito vaginal, es decir, la ausencia de penetración del pene en la vagina: uno de tantos actos sexuales posibles. Es decir, históricamente la definición de sexualidad ha estado basada en prácticas ligadas a la reproducción -el coito vaginal sin anticoncepción- mientras que cualquier otro placer erótico ha sido considerado “preliminar” –en el mejor de los casos-, o “antinatural” y “desviado”. Esta reducción niega que la presencia de deseos y placeres diversos es parte intrínseca e innegable de la naturaleza humana.

Desde hace ya siglos, en las sociedades occidentales la sexualidad se ha convertido en una herramienta de control de las personas y sus cuerpos (Weeks, 1998), pues ha dominado la concepción de que nuestros deseos y placeres son en sí mismos inmorales, según definiciones católicas de “pecado” o indicadores de “anormalidad”, para la visión médica. El significado que se le da a la virginidad en nuestra cultura y su excesiva importancia, según estos discursos, promueven la vigilancia de otros y de nosotros mismos. Se favorece que el deseo y el placer sean procesos controlados por instituciones sociales –la religión, la ciencia, los pares, etc.- y no por el criterio autónomo del propio sujeto.

En algunas investigaciones sobre los significados de la sexualidad entre jóvenes mexicanos (Amuchástegui, 2001) tal vigilancia aparece como diferente para hombres y mujeres, pues mientras se afirma la importancia de preservar la virginidad femenina hasta el matrimonio –como si no existiera ningún otro destino o aspiración para las mujeres-, después de cierta edad la virginidad de los hombres sería signo de una masculinidad dudosa. Así, sobre la falta de actividad sexual se montan una infinidad de significados sobre las personas, sobre su calidad moral, su experiencia y sabiduría, y hasta su masculinidad, que sirven para que se juzguen a sí mismos y a otros u otras según normas ajenas a su propia experiencia y forma de pensar.
Dice Soledad, una joven capitalina de 24 años, casada a consecuencia de su embarazo, ocurrido en su primera relación sexual: ¿Qué pensaría yo de una joven que tuvo relaciones sexuales antes de casarse? No me asombraría. Antes yo decía ‘ay, qué cochinas’, pero ahora pienso ‘cochinas ¿por qué? Es su cuerpo de uno, ¿por qué van a decirles cochinas? Y luego la gente piensa, ‘¡cuántos hombres no habrán pasado por ella!’.
Dice Alberto, un herrero de 18 años, soltero y originario de Guanajuato: Esas relaciones son bonitas y más que nada, pues hay que vivir la vida, porque si uno va a estar sin tener novia, sin hacer esa relación, uno tiene que hacerlo, tiene que hacerlo. Porque luego los amigos preguntan, ‘¿a poco no lo has hecho?’, y yo en ese entonces pus no lo había hecho, y me decían que entonces yo era de otra clase, que no era hombre de a deveras.

Tanto Soledad como Alberto narran la presencia de agentes sociales –“la gente” y “los amigos”- que expresan su intención de controlar la virginidad de estos jóvenes, aunque con base en criterios diferentes. En el caso de las mujeres, la condena se fundamenta en que la actividad coital premarital de las mujeres sería una mancha y una contaminación, mientras que para Alberto la masculinidad requiere ‘pruebas’, entre las cuales está el coito vaginal durante la adolescencia. En el primer caso, lo que se condena es la existencia misma del deseo sexual de las mujeres, mientras que en el segundo lo que se mandata es el coito, independientemente del deseo. En ambos relatos está ausente el derecho a decidir sobre el propio cuerpo y sus placeres.

Si bien hombres y mujeres somos sujetos de vigilancia de nuestros deseos y placeres, las consecuencias son desiguales para cada sexo. En México, los hombres jóvenes tienen su primer coito vaginal entre los 15 y los 17 años en promedio, dentro de relaciones ocasionales y sin que les siga necesariamente el matrimonio o la cohabitación. En cambio, las mujeres tienen su primer encuentro coital entre los 17 y los 19 años, generalmente con su novio o esposo, con quien se unen en un lapso muy corto (Szasz, 1998). Esto demuestra que, aunque la prohibición del coito para las mujeres no es respetada universalmente, éste estaría condicionado a la conyugalidad y limitaría la libertad de las jóvenes para explorar su erotismo fuera de relaciones formales. Por otro lado, la iniciación no siempre sucede como consecuencia de su propio deseo. No en pocas ocasiones la exigencia de una “prueba de amor” o la amenaza de abandono por parte de su pareja funcionan como mecanismos de coerción.

Vírgenes al mejor postor
¿ Por qué se considera tan importante la virginidad femenina? Para muchas mujeres, mantenerse vírgenes ha significado con demasiada frecuencia su posibilidad de matrimonio y, cuando no es posible la independencia económica y emocional, su manutención y la de sus hijos. Es decir, mientras la virginidad se considere una moneda de cambio para la sobrevivencia material o social de las mujeres –a través de la conyugalidad- ellas estarán en permanente riesgo y seguirán sin poder ejercer el derecho sobre sus deseos y placeres. Muchos hombres, por su parte, aprovechan esta construcción cultural de la virginidad femenina para ejercer un control sobre sus parejas y así obtener trabajo doméstico gratuito y prestigio social. Algunas participantes de estas investigaciones relataron la paradoja a la que se enfrentan en sus relaciones con los hombres. Ellos presionan para tener relaciones sexuales, pero si ellas acceden, supuestamente se harían sospechosas de “promiscuidad” pero, si no acceden, se enfrentan a la posibilidad del abandono. El temor de los hombres puede ir más allá: su necesidad de ser los “primeros” estaría ligada también a evitar que sus compañeras sexuales tengan experiencias de comparación donde ellos no salgan victoriosos.

Mientras la sexualidad esté tan cargada de significados morales o de género (feminidad y masculinidad), las parejas estarán más preocupadas por las consecuencias sociales de sus actos, que por disfrutar su sexualidad con plenitud.

Estos valores diferenciados para hombres y mujeres resultan un riesgo para la salud. Además del precio elevado del condón y de la escasez de servicios de salud sexual para jóvenes, mujeres y hombres reportan dificultades para usar el método preventivo en sus relaciones. Mientras que las jóvenes, si solicitaran el condón, demostrarían supuestamente su interés por el placer y, por tanto, su supuesta promiscuidad, los hombres temerían la pérdida de la erección y podrían ser acusados de no amar suficientemente a su pareja como para arriesgarse a tener un hijo (Rodríguez, Amuchástegui, Rivas y Bronfman, 1995). De este modo, tanto ellas como ellos se exponen con frecuencia a la posibilidad de infecciones de transmisión sexual –el VIH/sida entre ellas- y al embarazo no planeado con tal de no cuestionar estos supuestos.

Mientras no despojemos a la sexualidad de tantos significados y no legitimemos colectivamente la búsqueda de placer, será difícil erradicar la desigualdad y los riesgos sobre la salud que estas culturas sexuales implican. (Ana Amuchástegui. Tomado de Letra S, número 111, octubre de 2005)

 

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