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De
la perversidad al reconocimiento de la diversidad sexual
Como una realidad social irrefutable, la diversidad sexual ha sido nombrada e
interpretada de diferentes maneras a lo largo del último siglo. Este artículo
se propone explorar brevemente la codificación de la disidencia sexual,
desde su medicalización hasta su discusión dentro del marco de
los derechos humanos.
Hacia fines del siglo XIX, cuando la medicina empezaba a reemplazar a la Iglesia
como formadora de opinión pública en torno a la sexualidad, los
médicos sexólogos comenzaron a clasificar las antes "abominables" formas
del sexo no reproductivo en un catálogo de "perversiones". La
lista llegó a ser interminable. Cada "perversión" se
clasificaba (al estilo de las ciencias naturales de la época), se investigaba
con atención "objetiva" y se especulaba interminablemente sobre
sus posibles "causas".
En el proceso progresivo de clasificación, la homosexualidad se estableció sin
embargo como una categoría separada del resto de las "perversiones".
Varios factores contribuyeron a ese fenómeno, pero la principal motivación
del escrutinio médico de la homosexualidad, en ese contexto, provino de
las demandas de los nuevos códigos penales. Muchos de los cerca de mil
trabajos sobre homosexualidad que, según Magnus Hirschfeld, aparecieron
entre 1898 y 1908 --en los cuales, por cierto, las lesbianas eran casi siempre
sólo parte de los "y viceversas" o "etcéteras" científicos--,
estaban dirigidos específicamente a los defensores legales.
La pregunta central que plantearon los defensores de la homosexualidad fue si
era justo hacer a los homosexuales legalmente responsables de sus actos.
En ese sentido, se puede decir que la sexología nació y creció en
un principio estrechamente vinculada al trabajo político de expandir las
fronteras convencionalmente adscritas a la sexualidad humana y a la defensa de
la tolerancia social.
Magnus Hirschfeld y otras figuras prominentes de la primera etapa de la revolución
sexológica esperaban que surgiera una nueva era en la que el prejuicio,
el moralismo religioso y los códigos sexuales autoritarios se disolvieran
ante la luz de la razón que provendría de la nueva Ciencia del
Sexo.
Las teorías de la homosexualidad "congénita" o "adquirida" fueron
los dos polos del debate por generaciones. Si era "congénita", ¿estaba
justificado castigarla? Si era "adquirida", ¿cómo debía
controlarse legalmente?
La importancia de las teorías "congénitas" en ese contexto
fue que ofrecieron un argumento a favor de la derogación del castigo legal.
Más allá del impacto legal que tuvo la primera revolución
sexológica, la descripción "científica" de innumerables
aspectos de la sexualidad expandía considerablemente la definición
de lo que entonces se consideraba como "sexual".
Sin embargo, este entusiasmo clasificador reforzó notablemente la noción
de "normalidad sexual". Los debates sobre "las causas de las perversiones",
así como su descripción detallada, sirvieron inevitablemente para
subrayar su patología y para reforzar el carácter "natural" de
la heterosexualidad, la cual, entonces como ahora, rara vez era el objeto del
interés "científico" como tal.
Aunque el trabajo de los primeros reformadores sexuales modificó de una
manera importante la legislación y la opinión pública de
su época respecto a la homosexualidad, los debates que desencadenó permanecieron
encerrados en los conceptos vigentes sobre la sexualidad, y no lograron cuestionar
la arbitrariedad de las normas sexuales ni desarrollar una crítica radical
de la opresión sexual.
Los fundadores de la sexología construyeron entonces un modelo unitario
de sexualidad, que continúa irradiando poderosamente sus efectos hasta
nuestros días y del cual ha sido difícil escapar.
Por otra parte, las implicaciones políticas y morales de la información "científica" de
la sexualidad eran, en el mejor de los casos, ambiguas, y en el peor, peligrosas,
ya que contribuyeron también a una justificación "científica" de
la persecución homofóbica, como señala Jeffrey Weeks en
su brillante reconstrucción de la historia del movimiento a favor de la
reforma legal.
Los primeros movimientos a favor de los derechos de los homosexuales se vieron
interrumpidos en los años treinta por el ascenso del nazismo en Alemania
y del stalinismo en la Unión Soviética. En los cincuenta, en Europa
y Estados Unidos esos movimientos, caracterizados por cierto retorno al racionalismo
científico, invocaron una vez más la ciencia, pero esta vez para
demostrar que los homosexuales no son enfermos. Sin embargo, la experiencia de
la posguerra y la forma en que la ciencia impulsó las industrias bélicas,
crearon una distancia crítica respecto al discurso científico.
El movimiento estudiantil de los años sesenta impugnó la producción
del conocimiento científico al servicio de una sociedad racista, sexista
y normalizante, al tiempo que las lesbianas y los homosexuales cuestionaban el
derecho exclusivo de los científicos para hablar de la homosexualidad
y se negaban a ser tratados como enfermos.
Los sexólogos comienzan a reflexionar sobre el papel estigmatizante que
tienen muchos términos para describir a la sexualidad no heterosexual
y proponen términos destinados a suplir los de "perversiones" o "desviaciones
sexuales", en un intento de eliminar su carga valorativa o de prejuicio.
Así surgen, por ejemplo, denominaciones como las "variantes de la
sexualidad", las "expresiones comportamentales de la sexualidad",
o la noción de la "orientación sexual".
Si bien las transformaciones del lenguaje de la sexología proporcionaron
un marco teórico para nuevas interpretaciones de la diversidad sexual,
el impulso político provino de las llamadas "minorías sexuales",
quienes durante el transcurso de los últimos treinta años salieron
del clóset y del texto clínico "para entrar en el escenario
de la historia, como pruebas vivientes de la diversidad sexual." (Weeks)
A lo largo de la década de los ochenta y noventa surge en la esfera teórica
y política el "discurso de la diversidad", que ha tenido efectos
culturales significativos. Sin embargo, aceptar el hecho de la diversidad sexual
no necesariamente ha llevado a una apropiación de la "norma de la
diversidad sexual", ni por parte del movimiento social por la diversidad
sexual, ni de la sexología y otras "ciencias del comportamiento".
Orientación sexual, eufemismo de desviación sexual
Después de haber sido tratada como una "enfermedad" durante
un siglo por las "ciencias del comportamiento", la homosexualidad fue
redefinida en 1974 por el Manual de Diagnóstico y Estadísticas
de Trastornos Mentales de la Asociación Psiquiátrica Americana,
en medio del crecimiento del movimiento de liberación homosexual estadunidense.
Por una mayoría de votos, dicha asociación estableció a
la homosexualidad como un (simple) "trastorno de la orientación sexual".
A partir de entonces, la "orientación sexual" se convierte en
un término ampliamente utilizado por la sexología, la psicología,
e incluso por el movimiento de liberación homosexual, para hablar de la
homosexualidad.
¿ Qué es entonces una "orientación sexual"? De
acuerdo a su definición geográfica original, la "orientación" es
la posición en relación al llamado "Norte real" o punto
de referencia por excelencia, pese a que las brújulas no lo señalen
con precisión debido a los efectos de los campos magnéticos y a
la inclinación de la Tierra. Lo que quisiera sugerir aquí es que,
mientras la heterosexualidad preserve sus presupuestos logísticos de ser
la esencia/naturaleza "punto de referencia por excelencia" de la sexualidad;
mientras no se construya un nuevo paradigma en el que la heterosexualidad sea
una más de las "orientaciones sexuales" (¿acaso "la
orientación sexual que no se atreve a decir su nombre"?), la "orientación" permanecerá como
una referencia eufemística a la "desviación".
En relación a las dificultades para escapar del paradigma heterosexual,
cabe también señalar el uso del término "minorías
sexuales" para aludir a las diversidades sexuales. Se puede decir, de una
manera general, que la noción de "minorías" se deriva
de una comprensión política de la sociedad como un todo armonioso
del cual "pequeños" grupos divergen. Uno de los problemas que
plantea este vocabulario político es que tiende a perpetuar la idea de
la sociedad como intrínseca y normalmente heterosexual --y blanca, en
todo caso. En consecuencia, también refuerza la percepción de que "las
minorías sexuales" --o la llamada "gente de color"-- sólo
pueden hablar a partir de sus "propias especificidades" y en relación
a ellas.
A nivel legislativo, la experiencia ha sido que esta interpretación de
las identidades subraya también el "estatus de minoría",
con todas las connotaciones de inferioridad, es decir, el sujeto legal continúa
siendo el hombre blanco, adulto, con ingresos sólidos, supuestamente heterosexual,
y mental y físicamente "equilibrado".
En el contexto de la búsqueda de alternativas a los ghettos conceptuales
y estratégicos del movimiento social por la diversidad sexual, también
es preciso señalar que los años noventa han visto surgir y crecer
un vigoroso movimiento por los derechos humanos.
A raíz del auge del discurso de los derechos humanos en el escenario internacional
posterior a la guerra fría, el movimiento por la diversidad sexual se
apropia de sus principios para declarar que "los derechos sexuales son derechos
humanos". Dicha afirmación, objeto de agitadas polémicas durante
la IV Conferencia Mundial de la Mujer en China en 1995, formula a partir de una
reinterpretación de los principios de los derechos humanos --"el
derecho a la libertad de expresión", "a la igualdad ante la
ley", "a la libertad y la seguridad de la persona", "a la
protección contra toda discriminación", "a no ser sometido
a tratos crueles, inhumanos y degradantes"--, el derecho fundamental de
todas las personas a ejercer la sexualidad libres de coerción, discriminación
y violencia.
La histórica Declaración de Valencia sobre los Derechos Sexuales
en 1997, en el marco del XIII Congreso Mundial de Sexología sobre "Sexualidad
y Derechos Humanos", parece apuntar hacia la exploración de nuevas
perspectivas y debates en las pesquisas de la disciplina sexológica.
La pregunta es si la sexología y sus profesionistas asumirán el
reto de esta transición paradigmática como una alternativa para
trascender los límites del modelo médico-científico, y recuperar
las dimensiones éticas de la experiencia sexual humana.
La apuesta es que sólo en este marco (y recuperando la reflexión
que en este siglo se ha hecho desde la teoría feminista, la sociología
constructivista, la antropología cultural, la ética, la historia
de la sexualidad o la filosofía de la ciencia), logrará la sexología
deconstruir la norma heterosexual y despatologizar efectivamente la diversidad
sexual. La apuesta es, también, que sólo así podrá la
sexología renovar su aspiración original de expandir nuestras percepciones
e interpretaciones de la experiencia sexual, y de crear las condiciones propicias
para el ejercicio digno de la sexualidad en toda su riqueza y su diversidad.
En relación a los esfuerzos del movimiento social por el derecho a la
diversidad sexual, la pregunta es cómo construir consensos y una cultura
política en la que el derecho fundamental (de todas las personas) a ejercer
la sexualidad libres de coerción, discriminación y violencia se
entienda como un elemento indispensable de nuestra identidad ciudadana y de la
convivencia democrática --más allá del llamado a la tolerancia
o de la defensa de los casos de excepción. (Claudia Hinojosa. Tomado de
Letra S número 47, junio de 2000)
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Cronología del movimiento LGTB en México

¿Qué es la diversidad?

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