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Decir
lo que somos y sentimos las mujeres a partir del cuerpo, se ha convertido,
en las últimas décadas, en una vía de acceso importante
para investigar el tema de la condición femenina, porque permite
sacar a la luz esa historia oculta de las pasiones y los instintos,
sobre todo si se toma en cuenta que el cuerpo de las mujeres, su tratamiento,
ha sido malmirado y desvalorizado durante siglos.
Desde la antigüedad, la división del trabajo corporal e
intelectual no sólo mutiló la relación mente-cuerpo,
sino al cuerpo mismo, al que fue despojando de su sensibilidad, para
verlo sólo como el depositario de las pasiones, como una coraza
a la que se le rechaza, oculta e incluso se niega. Una de las razones
encuentra su fundamento en la relación cuerpo-sexualidad, sexualidad-pasión,
en tanto que como bien apunta Jeffrey Weeks: "la sexualidad tiene
tanto que ver con las palabras, las imágenes, el ritual y la
fantasía como con el cuerpo".
Esta relación abre la problemática, particularmente sobre
el cuerpo de las mujeres, en por lo menos dos vertientes: el ensalzamiento
del cuerpo femenino por su posibilidad de procreación, posibilidad
que además ha hermanado a las mujeres con la naturaleza, y la
consideración de que el cuerpo femenino es la puerta de acceso
a las pasiones, por ello el cuerpo ha estado muy ligado al concepto
del pecado, considerándose que puede ocultar o llevarnos a algo
significativamente maligno.
En las culturas patriarcales y androcéntricas, como las nuestras,
al cuerpo femenino se le ha significado con esta polaridad, puede inspirar,
por un lado, los más grandes odios y, por el otro, las más
elevadas adoraciones, situaciones que van desde las blasfemias contra
el cuerpo de las mujeres, hasta la veneración del mismo.
Pero aún dentro de estos dos polos, el cuerpo de las mujeres
sólo ha sido descifrado, por decirlo así, por los hombres,
en tanto que las mujeres han sido expropiadas de su cuerpo, de su sexualidad
y de su subjetividad por la ideología de este ancestral sistema
llamado patriarcado, y sus múltiples claves, signos, artificios,
trampas, costumbres, prácticas, creencias y complicidades, que
nos han determinado y significado.
Históricamente, el cuerpo ha sido condenado y dejado sólo
para el uso de "los inferiores" y por ello "los malos
de espíritu" son quienes utilizan el cuerpo y no pueden
dedicarse a lo más valioso y elevado: la espiritualidad y la
razón, de ahí la relación de las mujeres con el
mal. El fundamento para justificar esta concepción se encuentra
en un "engañoso" argumento biologicista: la "debilidad" corporal
de las mujeres las hace más vulnerables a las pasiones y su
menor intelecto las une más al cuerpo.
El contexto imaginario
Uno de los pocos momentos históricos fundamentales para la apreciación
corporal fue la época del Renacimiento. En la Europa del siglo
XV, aparece el desnudo en la pedagogía artística con
una preocupación creciente por la anatomía y el gesto.
En las producciones artísticas anteriores, el cuerpo había
existido con un papel meramente instrumental. Por influencia de la
concepción dinámica, los cuerpos aparecen ahora libres
y con movimiento; los artistas descubren y desnudan los cuerpos como
sinónimo de libertad, dando paso a una nueva relación
de los hombres con su cuerpo. Los cuerpos de modelos y musas sirven
de inspiración para dar sentido a la expresión artística.
En contraste, en el campo intelectual la exaltación de la razón
trae como consecuencia el menosprecio del cuerpo, el intentar negar
las sensaciones para dar paso a la razón excluida de todo sentir
considerado "mundano". De ahí que las manifestaciones
sobre los cuerpos sean cuerpos que no acaban de dominar el miedo. El
placer, el interés, el dolor, la caída, los sentimientos,
las relaciones, le dan al cuerpo un ámbito de inseguridad que
no logra superarse.
En el siglo XX, el cuerpo de las mujeres se presenta como lo bello,
el objeto del deseo, del goce de la mirada, es decir, se convierte
en el espacio del placer, pero desde luego, del placer del otro. El
cuerpo femenino empieza a adaptarse a las necesidades de lo imaginario,
es la representación de un destino y el cuerpo deja de ser tal
para extraviarse en la historia, pues siempre se le acompaña
de un contexto imaginario que lo exenta de simbolismos y elementos
tradicionalmente arraigados. En el siglo XX también resultó importante
la consideración del cuerpo como objeto de análisis teórico,
su visualización conceptual permitió a las feministas
concebirlo y emprender una nueva vía para su conocimiento.
Ser madre, símbolo ético por excelencia
La investigación del cuerpo por parte de las mujeres se ha acrecentado,
sobre todo por el vertiginoso desarrollo de la tecnología. Dentro
de los distintos campos teóricos, se busca el camino de un nuevo
humanismo, con el que se intenta recuperar ciertos valores mágicos,
míticos y terapéuticos que fueron expulsados durante
mucho tiempo de las culturas occidentales y que son básicamente
femeninos.
Entre los factores que destacan en el tránsito hacia la apropiación
del cuerpo, encontramos primeramente que el cuerpo de las mujeres al
ser descrito, explorado y explotado en sus elementos fundamentales
por "los otros", ha adquirido en su significación
dos dimensiones, una arraigada en la naturaleza, en donde el cuerpo
es visto por su función de procreación como sublimación
máxima de "la mujer" y a la que "deben" aspirar
todas las mujeres. En este nivel el ser madre es el símbolo ético
positivo por excelencia que ha identificado a las mujeres, reconociendo
a la maternidad como un "deber ser".
El cuerpo para "los otros"
La otra dimensión es el lado considerado negativo o pernicioso
del cuerpo femenino. Se le considera un espacio de placer, deseo, pasión
y debilidad. Sin embargo, no son las mujeres las depositarias del deseo
y del placer, sino sólo quienes pueden provocarlo.
Así, en los dos niveles, el de la procreación y el del
erotismo, el cuerpo de las mujeres es un cuerpo "para los otros" y,
por ello, se considera que las mujeres son expropiadas de su sexualidad,
de su subjetividad y desde luego de su cuerpo; no existe realmente
en las mujeres una coincidencia de su sentido de vida con el cuerpo,
pues al ser un cuerpo para los otros, las mujeres pierden su protagonismo
como personas, quedando sujetas a los poderes encarnados por los hombres,
por las instituciones y por los otros, de tal suerte que su cuerpo
siempre es un cuerpo sujeto y es a partir de esta sujeción que
se ha tratado de explicar su sometimiento. De estas dos formas de expresión
del cuerpo femenino, la que identifica a las mujeres es el sentido
de la procreación por el carácter ético positivo
que se le ha dado.
La liberación del placer
Cuando se subvierten y entremezclan estas formas de expresión
corporal tradicional inmediatamente surge la culpa, lo demoníaco,
el loco amor, la vergüenza o el pecado. Pues en los sistemas patriarcales
lo erótico está firmemente ligado a la reproducción
y en el caso de las mujeres supeditado a ésta: de tal manera
que al subvertir esta relación, la experiencia de la culpa,
el pecado o el mal es inevitable.
La apropiación del cuerpo, es decir, su paso del "para
otros" al "para sí", significa tener una visión
de mujer como sujetos sociales, morales y políticos autónomos
por sí mismas, y ésta no es una meta ya alcanzada, el
camino para su consideración y expresión está abierta
y toca a cada una contribuir, con la apropiación y valoración
de su propio cuerpo, a alcanzar la tan anhelada autonomía y
por extensión su liberación del placer, en tanto que
como apunta Graciela Hierro, "el placer depende del cuerpo y sólo
se alcanza si nosotras decidimos sobre nuestro cuerpo; nuestro deber
moral básico es apropiarnos de nuestro cuerpo; el cuerpo controlado
por otros no permite el goce y nadie puede llamarse a sí misma
libre si no decide sobre su cuerpo". (María del Carmen
García Aguilar, tomado de Letra S número 90, enero de
2004)

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