
A
lo largo de los años el término no ha dejado de evolucionar
por
ampliaciones sucesivas. En 1972, la homofobia se definía como “el
miedo a estar con un homosexual en un espacio cerrado”, definición
muy restrictiva que quedó rápidamente rebasada en el lenguaje común,
como testifica la definición del Pequeño Larousse: “Rechazo
de la homosexualidad, hostilidad sistemática hacia los homosexuales”.
Ampliando el análisis, Daniel Welzer-Lang ha sugerido una nueva definición.
Para él, la homofobia “es, de modo más extenso, la denigración
en los hombres de cualidades consideradas femeninas y, en cierta medida, de las
cualidades consideradas masculinas en las mujeres”. (Louis-Georges Tin,
Dictionnaire de l’homophobie. Ver más en documentos básicos)
La epidemia invisibilizada por la homofobia
Para nadie es un secreto que la epidemia de sida en nuestro país ha diezmado
y afectado de manera desproporcionada a la población gay masculina. Sin
embargo, pareciera existir un acuerdo general para tratar de invisibilizar esa
realidad. Primero imperaron las buenas razones: había que combatir el
estigma tan arraigado y extendido entre la población porque falseaba la
percepción del problema ("una enfermedad de maricones"), y activaba
el odio potencialmente peligroso contra una minoría. Mas tarde se dio
por supuesto que la "comunidad" gay estaba más y mejor informada
que el resto de la población y que por tanto no era prioritario el trabajo
preventivo en dicha comunidad. Luego se institucionalizó la deshomosexualización
de la epidemia y se decretó la tendencia creciente hacia la heterosexualización
del sida: según los datos, los casos femeninos y de adolescentes se multiplicaban
aceleradamente, mientras que el porcentaje de casos homosexuales y bisexuales
descendía de manera continua. Presentadas sin una lectura crítica,
las cifras epidemiológicas parecen confirmar esa apreciación, sin
embargo, la interpretación oficial contiene muchas imprecisiones.
Para empezar, el porcentaje de casos que más se ha incrementado es precisamente
el de aquellos en que se desconoce la vía de transmisión; es decir,
que no se sabe la forma como se infectaron (en 1994 ese porcentaje alcanzaba
al 50 por ciento de los casos acumulados). De los 37,388 casos contabilizados
hasta diciembre de 1998, más de 10 mil (29 por ciento) se encontraba en
la categoría de no documentados. Según el epidemiólogo José Antonio
Izazola, este desconocimiento produce un descenso artificial en el porcentaje
de los casos documentados, principalmente en las categorías de hombres
homosexuales y bisexuales. Las autoridades epidemiológicas han encontrado
una forma de lidiar con este elevado porcentaje de transmisión desconocida:
eliminándolo. Para el doctor Izazola, este procedimiento da la impresión
errónea de que la epidemia de sida entre hombres con prácticas
homosexuales se mantiene estable, cuando en realidad continúa creciendo[1].
De acuerdo con el total de casos de sida acumulados hasta diciembre de
1998, 56.5 por ciento corresponde a las categorías de homo y bisexuales. Pero
si tomamos sólo los casos de adultos masculinos esas categorías
representan casi las dos terceras partes de los casos (64.8 por ciento). Sin
embargo, esas cifras aún se quedan cortas. Algunos epidemiólogos
afirman que las prácticas homosexuales son subreportadas. Por tratarse
de conductas repudiadas, que no gozan de la aprobación social, muchos
hombres callan o niegan sus contactos sexuales con otros hombres. En un estudio
coordinado por el ex director del Instituto Nacional de Diagnóstico y
Referencia Epidemológica (INDRE), José Luis Valdespino, se encontró,
al corregir dicho subreporte, que del total de casos masculinos de sida, 81 por
ciento se deben a prácticas homosexuales y sólo 8 por ciento a
transmisión heterosexual[2]. La homofobia tan arraigada en nuestra
sociedad ha desvirtuado el verdadero perfil de la epidemia.
Pero a pesar de dicho subreporte, las encuestas epidemiológicas dan a
los hombres con prácticas homosexuales la tasa de infección más
elevada. Las encuestas centinela practicadas, por la Secretaría de Salud
(Ssa) arrojan tasas de seroprevalencia del VIH en ese sector de 15 por ciento.
Cifra que contrasta con la manejadas por el Banco Mundial (BM) en su reporte
sobre la pandemia de sida, donde se da una tasa de infección para homo
y bisexuales mexicanos del 32.7 por ciento, 65 veces más alta que la tasa
dada para la población general[3].
El
mayor de los fracasos epidemiológicos
De las tres maneras en las que se transmite el virus del sida, las
autoridades de Salud han tenido éxito en controlar y reducir la epidemia por transmisión
sanguínea. En cuanto a la transmisión perinatal o de madre a hijo,
se vive la conyuntura histórica de lograr casi su eliminación,
porque se cuenta ahora con las herramientas necesarias. Sin embargo, por lo que
toca a la epidemia por transmisión sexual, es evidente que las autoridades
de Salud han conseguido un sonado fracaso en su intento por detenerla o siquiera
menguarla. Ciertamente modificar comportamientos y hábitos sexuales tan
arraigados en las personas resulta mucho más complicado que cerrar bancos
de sangre privados o proporcionar tratamientos antirretrovirales a las mujeres
embarazadas portadoras del virus. Pero aquí el fracaso se debe más
a la equivocada política que se ha seguido para enfrentar el problema,
que a su complejidad.
La ausencia de políticas y programas preventivos y de atención
dirigidos a los sectores y personas con más probabilidades de contraer
y transmitir el virus, es decir, a la población gay y en general de hombres
que tienen sexo con otros hombres (y que no se identifican a sí mismos
como gay, homosexuales o bisexuales) ha facilitado la expansión del virus
en esa población y favorecido su traslado a otros sectores sociales. El
porcentaje extremadamente bajo de uso de condón en ese sector de la población
masculina (5 por ciento), debe anotarse como un fracaso de la política
preventiva del gobierno. En nuestro país jamás se logrará controlar
la pandemia de sida si no se logra en primerísimo lugar impactar la epidemia
por transmisión homosexual. Sin ello la salud de la población en
general seguirá siendo afectada.
Por un diagnóstico confiable de la epidemia
Por todo lo expuesto con anterioridad, las cifras presentadas por las
autoridades responsables de la vigilancia epidemiológica no son confiables para conocer
la magnitud real de la epidemia de sida en la población gay y en general
de hombres con prácticas homosexuales. La interpretación y el análisis
que se desprende de las cifras es erróneo. Es necesario elaborar un diagnóstico
confiable de la situación actual de la epidemia en ese sector de la población
que contemple el subreporte de las prácticas sexuales de riesgo entre
hombres y que integre de otra manera en el análisis el elevado número
de casos no documentados. Ese diagnóstico debe ser complementado con nuevas
investigaciones, estudios y encuestas sobre el comportamiento, la percepción
del riesgo, la identidad y el uso del condón en la población masculina
a la que nos hemos estado refiriendo. Estudios que identifiquen, además,
los principales factores que determinan los comportamientos sexuales de riesgo
para, a partir de ahí, diseñar modelos de intervención preventiva
eficaces. En ese contexto, habría que revisar la conveniencia de promover
y poner a disposición de la población gay el acceso gratuito, voluntario
y confidencial a la prueba de detección de anticuerpos al VIH, tomando
en cuenta las experiencias en las comunidades gay de otros países que
han logrado modificar el curso de la curva ascendente de la epidemia, y en donde
la mayoría de las personas infectadas sabe que lo está.
Grave crisis de salud en la población gay
Por el fuerte impacto de la epidemia de sida, la población gay mexicana
vive su más grave crisis de salud. La Organización Mundial de la
Salud (OMS) informa, en un documento de 1998, que en México "posiblemente
hasta un 30 por ciento de los hombres que tienen relaciones sexuales entre ellos
están infectados por el VIH"4. Resulta reiterativo añadir
que las más altas tasas de mortalidad por sida se dan en este grupo de
la población, y si contáramos con la información necesaria
añadiríamos a lo anterior el descenso del promedio de vida, los
costos por la pérdida de vidas productivas, el sufrimiento acumulado,
la discriminación y las violaciones a los derechos humanos para tener
el cuadro de desastre completo. A pesar de su gravedad, las autoridades de Salud
jamás han reconocido esa situación. El gobierno de la república
no ha hecho ningún pronunciamiento en favor, ya no digamos del respeto
de los derechos de los ciudadanos gay, ni siquiera ha expresado el más
leve mensaje de aliento o solidaridad dirigido a la comunidad gay mexicana. Ningún
presidente de la república o funcionario público de elevado rango
ha tenido el mínimo gesto solidario.
Una política seria, dirigida a enfrentar los estragos de la epidemia en
este sector de la población mexicana debe partir del reconocimiento público
de esta grave crisis de salud por parte del gobierno mexicano. Sólo de
esta manera, el gobierno estaría expresando su firme voluntad política
para actuar al mismo tiempo que fijaría como una prioridad la atención
a esa población específica.
De cabeza, la estrategia preventiva del gobierno
Las campañas masivas de prevención en los medios han sido la principal
estrategia de las autoridades de Salud para detener la expansión del virus
del sida. Estas campañas se han dirigido a poblaciones abiertas: adolescentes,
padres y madres de familia, jóvenes, mujeres. La mayoría de los
esfuerzos y los recursos se han utilizado hasta ahora para prevenir del riesgo
de infección a los grandes sectores de la población con las tasas
de seroprevalencia más bajas (entre 0.03 y 0.06 por ciento); es decir
que están menos expuestos al virus. En contraste, la atención que
se ha dado al grupo de la población más expuesto —el de los hombres
con prácticas homosexuales—, cuya seroprevalencia o tasa de infección
es la más alta (el promedio es de 15 por ciento aunque en algunas entidades,
como el DF, llega a más de 30 por ciento), ha sido prácticamente
nula. Las intervenciones educativas y las campañas preventivas diseñadas
específicamente para este grupo han brillado por su ausencia. El gobierno
ha equivocado su estrategia: para desactivar la pandemia de sida en nuestro país,
ha colocado los recursos donde se imagina que está localizada la epidemia
y no donde realmente se encuentra. Se afirma con insistencia que "todos
estamos en riesgo de infectarnos", lo cual técnicamente es correcto,
pero lo que no se dice es que no todos corremos el mismo riesgo. Se calcula que
para los homosexuales y bisexuales el riesgo de infección es 400 veces
más alto que para el resto de la población5. La estrategia preventiva
del gobierno está de cabeza.
Para influir exitosamente en el curso de la pandemia en México es preciso
en primer lugar enderezar la política estatal: los esfuerzos y las intervenciones
deben dirigirse a los grupos de la población donde se está propagando
el virus. Organismos internacionales como el mismísimo BM recomiendan,
en una situación de recursos limitados, dar prioridad al trabajo preventivo
en los grupos con las tasas de infección más elevadas, como el
de las trabajadoras sexuales. En Nairobi y otros lugares de Africa y Asia eso
ha dado buenos resultados. El propósito es garantizar mayor eficacia preventiva
con los recursos existentes. Las campañas informativas en los medios masivos
de comunicación son útiles, desde luego, pero son insuficientes
y reportan bajos beneficios si no se acompañan de intervenciones educativas
directas que involucren a miembros u organizaciones de las mismas comunidades
afectadas. Está demostrado que la labor directa en los llamados core groups
(grupos donde se concentra la infección) resulta más eficaz que
dirigirse a la población dispersa. En México, una de las prioridades
del trabajo preventivo debe estar con los hombres con prácticas homosexuales.
(Un aspecto que la epidemia de VIH ha revelado es lo extendido de estas prácticas
en nuestro país y en América Latina.) Este año, Conasida
echó a andar la primera campaña de prevención dirigida a
la población gay, coordinada y apoyada por algunas organizaciones de lucha
contra el sida. Sin embargo, aunque se trata de un primer loable esfuerzo, esta
campaña, elaborada con recursos de Onusida, aún no es la expresión
de una política gubernamental estructurada, y corre el riesgo
de quedar en un esfuerzo aislado y sin continuidad por la falta de recursos.
Construyendo un entorno social tolerante
Es un hecho ampliamente documentado que la discriminación a individuos
o poblaciones incrementa los riesgos de infección por el virus de la inmunodeficiencia
humana (VIH). En el caso de los homosexuales y bisexuales, esa discriminación
social -que adquiere muchas veces rango de persecución- los vuelve muy
vulnerables a la epidemia. El rechazo y la desvalorización constante y
a todos niveles de la conducta homosexual, empuja a muchos hombres con esa orientación
a experimentar su vida sexual en las condiciones más desfavorables para
su salud e integridad personal (la clandestinidad, la culpa, el miedo, la amenaza
de la violencia, el matrimonio forzado o indeseado, etcétera), que los
induce, a su vez, a no tomar precauciones. Esta situación es particularmente
dramática para los adolescentes gay que están iniciando su vida
sexual. El aislamiento, la ausencia de asideros o posibles apoyos, la baja autoestima,
la desconfianza a sí mismos, los expone mayormente al virus. Y aunque
conforman el mayor porcentaje de adolescentes infectados, para ellos no hay mensajes
ni consejos ni recomendaciones en la campaña más reciente de las
autoridades dirigida precisamente a la población adolescente.
En un clima de represión y discriminación resulta muy difícil
que prosperen programas de prevención que pretendan modificar hábitos
y conductas de riesgo. Por ello es necesario fomentar la creación de atmósferas
y entornos sociales favorables a la tolerancia y el respeto a la diferencia a
través del apoyo al desarrollo comunitario, de campañas antidiscriminatorias,
del fomento a las acciones afirmativas y la creación de un marco jurídico
que garantice la no discriminación. A pesar de lo evidente que resulta
esa situación, el gobierno no ha hecho nada en esa dirección para
modificar el clima social represivo que obstaculiza la labor preventiva. Esa
omisión podría repararse en parte con la creación de lugares
de encuentro comunitario donde los adolescentes gay puedan relacionarse con sus
pares en un ambiente amistoso y de confianza que facilite la comunicación
y el intercambio de información entre ellos y con sus propios progenitores.
Los adolescentes gay necesitan de los servicios comunitarios para fortalecer
su capacidad de tomar decisiones y hacerlas más consistentes.
En un estudio elaborado por la organización Lambda, de Colombia, se
encontró que
las personas homosexuales aceptadas por su entorno social tenían más
probabilidades de protegerse de la infección por VIH que otras que no
lo eran (en el primer caso, el uso del condón fue de 73 por ciento;
y en el segundo, de 47 por ciento)[6].
Una de las claves del éxito de los programas preventivos dirigidos a grupos
específicos de la población es la participación comunitaria.
En Brasil, por ejemplo, el gobierno ha integrado a las organizaciones gay a los
programas de atención a esa comunidad con muy buenos resultados.
Capacitación contra la homofobia
Una de las acciones que mayormente contribuye a crear un entorno social
favorable al trabajo preventivo y de lucha contra la epidemia es el combate
a la homofobia
(esa enfermedad caracterizada por el odio irracional y exacerbado a las
personas con diferente orientación sexual) en las instituciones educativas y de
salud, sobre todo aquellas encargadas de atender a las personas afectadas por
el sida. En los programas cotidianos de capacitación dirigidos al personal
de salud y a los maestros de educación básica debe incluirse el
tema de la homofobia y la discriminación por orientación sexual,
o realizar talleres de sensibilización sobre esos mismos temas con el
fin de disminuir los estragos y las funestas consecuencias que conllevan. Está comprobado
que la homofobia y la discriminación institucionalizadas reducen la eficacia
de los programas de prevención del sida.
Luego de más de tres lustros de la epidemia del VIH en nuestro país,
existe una enorme deuda por saldar con la población más afectada:
la población homosexual, a la que, además de negarle derechos
ciudadanos, de confinarla a la clandestinidad y al terreno del pecado
y del desprestigio
social, se le responsabiliza de propagar el virus a otros sectores sociales.
A los gays se les acusa de promiscuidad cuando ni siquiera se les reconoce
el derecho de expresar en público el más mínimo gesto de afecto.
Es tiempo de abandonar la hipocresía y enfrentar los costos sociales,
económicos y de salud causados por la homofobia.
1 José Antonio Izazola, et al. "Transmisión
homosexual del
VIH/sida en México". Salud Pública de México, volumen
37, núm. 6. Noviembre-diciembre de 1995.
2 José Luis Valdespino, et al. "Epidemiología del VIH/sida
en México; de 1983 a marzo de 1995. Ibid.
3 World Bank, 1997. Confronting AIDS. Public Priorities in a Global Epidemic.
Oxford University Press.
4 Informe sobre la epidemia mundial de VIH/SIDA. Onusida /OMS. Junio de 1998.
5 Jorge Saavedra. Letra S, salud, sexualidad, sida. Junio 5 de 1998.
(Alejandro Brito. Tomado de Letra S número 35, junio de 1999)
icono de la Jornada Mundial de Lucha contra la Homofobia.
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