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Las mujeres tienen razón, en algún sentido, cuando afirman
que “todos los hombres son iguales”. Tienen razón
porque todos los hombres están, por decirlo así, cortados
por la misma tijera. La tijera del condicionamiento del género
que determina el comportamiento y la formación de los varones.
Pero el proceso en que se llega a asumir la identidad masculina no
es el mismo para todos los hombres, ni esa identidad es unívoca
e inamovible.

Entre
los argumentos más socorridos para negar la posibilidad de una igualdad
plena entre hombres y mujeres se suele utilizar el de la configuración
del cuerpo femenino como diferente --más delicada, más
ligera, más frágil, más débil--, con lo
que se explica que las mujeres son incapaces de asumir las mismas actividades
y esfuerzos que los varones. Por supuesto, cada vez más, se
pone en evidencia tal argumento.

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