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Sexismo
excluyente o los caballeros no las prefieren rubias
Entre los argumentos más socorridos para negar la posibilidad
de una igualdad plena entre hombres y mujeres se suele utilizar el
de la configuración del cuerpo femenino como diferente -más
delicada, más ligera, más frágil, más débil-,
con lo que se explica que las mujeres son incapaces de asumir las mismas
actividades y esfuerzos que los varones.
Por supuesto, la entrada masiva de las mujeres a casi todas las profesiones
hasta hace poco consideradas exclusivamente masculinas -y la aparición
de modalidades laborales no definidas ya por el esfuerzo fìsico-
ha puesto en evidencia tal argumento.
Sin embargo, todavía existen algunas ocupaciones que no han
podido ser invadidas de manera sustancial por las mujeres; la milicia
y algunos deportes profesionales figuran entre los ejemplos más
interesantes. Se trata de espacios de exclusión que el sentido
común acepta como pruebas evidentes de la diferencia esencial
entre hombres y mujeres, pero que en la actualidad son cuestionados
desde un razonamiento inverso al del sentido común: si tales
espacios fueran naturalmente masculinos, no harían falta los
mecanismos de exclusión con que son defendidos como últimos
bastiones de la masculinidad.
Sospechamos entonces que tales mecanismos se ponen en funcionamiento
precisamente cuando las personas excluidas pretenden vulnerar las normas
exclusivas. Antes de que eso ocurra, la exclusión se racionaliza
como parte del orden de las cosas, y en efecto, el sentimiento que
comparten una enorme cantidad de mujeres es de total desinterés
por esos enclaves simbólicos masculinos cuya irreductibilidad
se mantiene al margen de toda discusión: ¿a qué mujer
en su sano juicio se le ocurriría la peregrina idea de convertirse
en soldada o en boxeadora?
La bronca comienza cuando a alguna (o algunas) de ellas se le mete
esa idea en la cabeza. Entonces se hacen presentes las racionalizaciones
de la diferencia y se afirma que las mujeres no son capaces -ni física
ni intelectual ni moralmente- de llevar a cabo las labores y actividades
que se exigen a los varones.
Si alguna mujer no se muestra muy convencida ante tal descalificación
y trata de demostrar que sí es capaz, su porfía será considerada
una franca declaración de guerra y desencadenará los
mecanismos de exclusión en todo su esplendor. Así le
ocurrió, por ejemplo, a Shannon Faulkner (a quien la revista
Ms. nombró en 1996 una de las "Mujeres del Año").
Esta joven de 18 años se atrevió a demandar a una universidad
militarizada (The Citadel) porque rechazó su solicitud de ingreso
con el único argumento (completamente anticonstitucional) de
que Faulkner es mujer.
Después de ganar la demanda, Faulkner vivió los dos años
y medio más horribles de su vida gracias al hostigamiento público
de que fue objeto por parte de los defensores de la tradición.
Cuando fue admitida en The Citadel, era la única mujer entre
más de mil 900 hombres, y todos ellos querían que desapareciera.
En las clases, los cadetes chiflaban cuando ella se paraba. En los
salones, la atropellaban física y verbalmente. Cuando se quejó,
los administradores le dieron la razón "a los muchachos".
En agosto de 1995, después de unas cuantas horas del rito de
pasaje que se conoce como "una semana en el infierno", decidió renunciar;
pero afirma que incluso la "semana en el infierno" no fue
nada comparado a lo que tuvo que afrontar para llegar a ella: subió 25
kilos, envejeció entre 10 y 20 años y vivió al
borde de un ataque de nervios.
Entre los argumentos más utilizados para excluir a las mujeres
del ejército está el de que la guerra es un asunto de
hombres. Se trata de una idea profundamente arraigada no sólo
en el pensamiento patriarcal y en el sentido común, sino inclusive
en el propio pensamiento feminista. Desde luego, una se puede sentir
muy orgullosa de jamás haber participado en la organización
y desarrollo de una guerra, pero quien afirma que es un asunto de hombres
parece olvidar que cuando una guerra estalla, sus consecuencias atañen
a toda la población, y en particular a las mujeres, puesto que
una de las prácticas de guerra más difundidas desde tiempos
inmemoriales es la violación sistemática de mujeres,
la cual revela el peso simbólico que deposita la cultura en
la integridad sexual de los cuerpos femeninos y, por consiguiente,
en la posibilidad de utilizarlos como arma y como botín de guerra.
Esta incongruencia puede interpretarse de diferentes maneras, pero
su resultado es siempre el mismo: por definición y por costumbre,
la cultura pugna por mantener a las mujeres en un estado de indefensión,
de inferioridad material ante la violencia. El problema es que no la
ha podido suprimir.
Con el argumento de que la violencia es una característica estrictamente
masculina, a las mujeres se nos priva de la posibilidad de ejercerla
en cualquier circunstancia -y eso incluye la legítima defensa,
como lo muestra el caso de Claudia Rodríguez Ferrando quien
levantó un revuelo impresionante por atreverse a disparar sobre
el cuerpo del hombre que la iba a violar.
A partir de esa misma lógica se obstruye de manera fatal la
carrera de nuestra boxeadora Laura Serrano.
Debo aclarar que soy una persona fundamentalmente pacífica.
(Pero también soy medio degenerada, y aunque el boxeo me parece
una práctica bárbara, soy capaz de disfrutar una pelea
televisada.) No sé mucho de boxeo. Cuando me pongo muy racional
opino que debería ser abolido. Creo que si el mundo fuera mejor,
no habría box. Pero eso sólo habla de mi fresez y mi
puritanismo. Por supuesto, soy radicalmente pacifista. Si de mí dependiera,
ya habría prohibido de manera definitiva y total las armas,
el ejército y la guerra.
No obstante, creo que Laura Serrano tiene tanto derecho de boxear como
lo puede tener cualquier persona del sexo masculino. (Aquí me
adhiero a la idea de Amelia Valcárcel sobre el derecho al mal.)
Pero el box, uno de los últimos reductos de la masculinidad,
es celosamente resguardado por nuestras autoridades morales. Las mujeres
juegan todas las pelotas, montan en bicicleta o a caballo, nadan, brincan,
se dejan caer.
Nada más nos faltaba el box. Pero ojo: el box
es un deporte masculino. Por eso se practica en la semi desnudez (no
se vaya a colar una chava). ¿Y por qué es masculino?
Motivo número uno: porque es muy rudo y las mujeres son delicadas.
Motivo número dos: porque daña el cuerpo humano y el
cuerpo humano de las mujeres está destinado a una finalidad
superior: la maternidad. Motivo número tres: las mujeres no
se tienen que pelear; sus existencias son más calmadas y tienen
quien las proteja y luche por ellas.
Ultimamente he estado pensando mucho en estas razones. Hay unas imágenes
que quisiera emparejar ante las imaginaciones de las lectoras y lectores:
la foto de un boxeador al día siguiente de la pelea: ojos morados,
nariz hinchada, pómulos enrojecidos, costras en las cejas. Ahora
imagínense la foto de una mujer golpeada. De esas que las feministas
han comenzado a dar a la publicidad hace relativamente poco tiempo.
Esos cuerpos destinados a la maternidad, molidos a palos por sus maridos,
sí, por esos mismos señores que las iban a proteger. ¿Qué notan?
Desde luego: el boxeador siempre sale mejor librado porque sabe defenderse.
El chiste del box no es sólo tirar golpes, sino evadirlos.
No alcanzo a descifrar los motivos que pueden tener la sociedad y la
cultura para mantener a las mujeres en la total indefensión
ante los hombres. No sé si se trata de demostrar que las mujeres
somos más débiles o de obligarnos a solicitar protección
o de controlar nuestra movilidad o de asegurar que siempre estemos
disponibles.
En todo caso, no será difícil convencer a mucha gente
de que a las mujeres podría venirnos bien saber un poco de boxeo.
Al menos cómo defendernos, y sí, tal vez de vez en cuando
haya que tirar un par de ganchos al hígado. Esperamos que bien
merecidos. Ese no es nuestro problema: al otorgarle a una persona una
facultad, la sociedad espera, en buena fe, que esa persona haga buen
uso de ella. (Hortensia Moreno, tomado de Letra S número 36,
julio de 1999)

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Las
mujeres y la apropiación
de su cuerpo
Decir lo que somos y sentimos las mujeres a partir del cuerpo, se ha
convertido, en las últimas décadas, en una vía de acceso importante
para investigar el tema de la condición femenina, porque permite
sacar a la luz esa historia oculta de las pasiones y los instintos, sobre
todo si se toma en cuenta que el cuerpo de las mujeres, su tratamiento,
ha sido malmirado y desvalorizado durante siglos.


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