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Los actuales pronunciamientos de agrupaciones de ultraderecha como Pro Vida o la Unión Nacional de Padres de Familia no son nada frente a la oposición que generó el primer intento por impartir educación sexual en las escuelas durante la gestión de Narciso Bassols como secretario de Educación Pública. En 1932, la SEP planteó la necesidad de una reforma de la educación básica. La comisión técnica consultiva, recomendó que se impartiera educación sexual desde el tercer año de primaria que tendiera a aplicar las “leyes biológicas que contribuyen al perfeccionamiento de la especie humana” e incluyera en sus programas educativos “las clases de higiene y moral sexuales como obligatorias en las escuelas oficiales y particulares”.

La medida, incluida en la gran reforma a la educación de 1934 conocida como la educación socialista, fue fuertemente atacada por sectores de derecha y por la Iglesia Católica. Dentro de la ola de repudio conservador, líderes de grupos de padres de familia, todos de filiación confesional, se oponían con los siguientes razonamientos: “La educación sexual, cualesquiera que sean los beneficios que reporte, no compensará la perdida de pudor que trae consigo”; “los asuntos sexuales dichos al oído por no importa qué persona y cualquiera que sea la forma, causan menos daño que el que causarán expuestos en forma científica por los maestros”; “es tan corto el número de lesionados o degenerados por falta de educación sexual que no amerita aceptar los incalculables riesgos de ésta”.

Su conclusión era que sólo la Iglesia debía proveer cualquier tipo de guía sexual: “La educación sexual no debe ser colectiva, para que los educandos no se pierdan entre sí el mutuo respeto que se deben. En consecuencia la educación sexual debe ser individual y no debe ser impartida por los maestros, dada su ignorancia y falta de preparación; tarea tan delicada sólo puede ser encomendada al confesor”. En lugares con fuerte presencia eclesial, como la región del Bajío, aún inflamada por el recuerdo de la guerra cristera, se presentaron movilizaciones populares que forzaron al gobierno a disminuir paulatinamente el ímpetu en la aplicación de la educación que buscaba “combatir el fanatismo y los prejuicios”, según el artículo tercero constitucional. En 1946, completamente abandonada la operación de la reforma educativa, se reformó la Constitución para eliminar la frase de la discordia, “la educación será socialista”, y de paso modificar toda la política educativa. La educación sexual y los afanes desfanatizantes fueron sacrificados. (Tomado de Letra S, número 113, diciembre de 2005)

 

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