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Por qué sí la educación sexual
La educación de niños, niñas y adolescentes sobre
salud sexual es una de las cuestiones más debatidas y de mayor
carga emocional. Las diferencias de opinión son muy grandes
cuando se trata de dilucidar hasta qué punto debe ser explícito
el material utilizado, la extensión ideal, con qué frecuencia
debe hacerse llegar a sus destinatarios y a qué edad debe iniciarse
dicha educación. Se ha llegado incluso a formular la pregunta: ¿acaso
es necesario educar a las y los adolescentes en materia de sexo y salud
sexual?
A nivel mundial, la mayoría de los jóvenes empiezan a
tener relaciones sexuales antes de cumplir los 20, y la mitad, al menos,
en torno a los 16. La utilización de anticonceptivos y la prevención
de las infecciones de transmisión sexual (ITS) varía,
de acuerdo con la información disponible, según la edad
de la iniciación sexual. La utilización de preservativos
y anticonceptivos es más probable cuanto más tardía
la iniciación sexual. Se ha constatado que la educación
sobre esas cuestiones modifica los comportamientos sexuales y parece
ser más eficaz si se imparte antes de la primera relación
sexual, es decir, en la adolescencia o preadolescencia.
La tasa de cambio de pareja sexual es más elevada durante la
adolescencia y comienzos de la veintena. Esto no sólo es cierto
en el caso de parejas casuales, sino también tratándose
de relaciones que se consideran regulares y monógamas. Aunque
sucesivos emparejamientos monógamos pueden ser de corta duración,
su carácter "estable", desde el punto de vista de
muchas y muchos jóvenes que viven esas relaciones, aleja subjetivamente
el peligro de contraer ITS. Ello hace que se tengan relaciones sexuales
sin protección con parejas múltiples, lo que significa
que el riesgo acumulado resulta invisible debido a la monogamia aparente
y al compromiso mutuo en cada relación individualmente considerada.
El riesgo queda de manifiesto en las tasas desproporcionadamente elevadas
de ITS y de embarazos no deseados. Se ha comprobado que la educación
de los adolescentes en materia de anticoncepción, VIH y prevención
de ITS es eficaz para reducir esas consecuencias no deseadas. Desgraciadamente,
los padres y las madres, aunque desean ayudar a sus hijos e hijas,
siguen sin establecer una comunicación adecuada en cuestiones
relativas al sexo. Se sienten incompetentes para esa tarea. Los hijos
e hijas se muestran a menudo remisos o demasiado avergonzados para
abordar el tema con sus progenitores y, en consecuencia, se han dirigido,
sobre todo en épocas recientes, a fuentes más oficiales
de educación en este terreno, como las clases impartidas en
centros escolares.
Nos encontramos, por tanto, ante el periodo en el que las y los jóvenes
están iniciando su vida sexual y en el que cambian de pareja
con razonable frecuencia una vez que la empiezan; existe un riesgo
demostrado de consecuencias no deseadas (embarazos y ITS); los padres
y las madres se preocupan, pero no están preparados para intervenir;
y existen pruebas de que la educación recibida antes del comienzo
de las relaciones sexuales es muy eficaz. La necesidad de proporcionar
una educación estructurada en materia de salud sexual y de sus
posibles consecuencias es a todas luces evidente.
La variedad de conceptos
La educación institucionalizada para adolescentes sobre salud
sexual ha tenido una historia larga y con muchos altibajos, una historia
de grandes diferencias a tenor del cambio de gobiernos y de los vaivenes
de la opinión pública. Esos cambios han quedado reflejados
en el contenido y en las ideologías que estructuran los planes
de estudios sobre salud sexual y la controversia pública que
a menudo provocan. Como consecuencia, la educación sexual dista
de ser un concepto homogéneo o unitario, dado que abarca, por
el contrario, un amplio abanico de planes de estudios que difieren
en cuanto a objetivos, amplitud, aplicación y contenido. La
diversidad de enfoques queda de manifiesto en la nomenclatura utilizada
para describir lo que en sentido amplio se designa como educación
sobre salud sexual. Así por ejemplo, a los programas se les
ha etiquetado en distintas ocasiones como educación para la
vida familiar, salud sexual, desarrollo personal, aclaración
de valores, "limítate a decir no", respeto al sexo
y salud sexual humana.
Los intentos por afinar la eficacia de los programas tropiezan inevitablemente
con la preocupación moral sobre la legitimación de la
actividad sexual en la adolescencia. La aparición de la pandemia
de VIH/sida ha acalorado todavía más el debate. El hecho
de abordar en esos programas, de manera inevitablemente explícita,
prácticas históricamente consideradas tabúes (sexo
anal, por ejemplo, o prácticas homosexuales) ha reavivado los
temores acerca de la respuesta de la población adolescente a
la información que se le ofrece. La educación en materia
de salud sexual ha sido objeto de críticas, concretamente, que
hablar sobre salud sexual con otra finalidad que la de promover la
abstinencia es una incitación y un estímulo para la actividad
sexual precoz. Es evidente que tal crítica ha tenido, y seguirán
teniendo, un efecto apreciable sobre la amplitud y naturaleza de la
educación en materia de VIH y salud sexual. Por esa razón
es esencial realizar un examen a fondo sobre la validez de tal afirmación.
El problema no es si las niñas y los niños deben recibir
educación sobre salud sexual, sino cómo y qué clase
de educación van a recibir. Es imposible apartar a la población
infantil de las influencias sexuales. Modelos adultos de comportamiento,
la televisión y los anuncios comerciales la bombardean constantemente,
pero el silencio y las respuestas evasivas suelen ser "profesores" más
eficaces. Dejar de prestar a las y los jóvenes información
y servicios apropiados y oportunos por temor a legitimar y alentar
la actividad sexual no es una opción viable y resulta contraproducente.
Carece de fundamento la acusación de que la educación
sobre salud sexual incita a la actividad sexual, pero, en contraste,
se peca de optimismo y de falta de realismo al presentarla como la
panacea frente a las tasas inaceptablemente altas de ITS y embarazos
no deseados entre adolescentes. La educación sobre salud sexual
puede lograr que las prácticas sexuales de las y los adolescentes
sean más seguras, pero no es, con frecuencia, el elemento más
influyente, de manera que el potencial de la educación para
el desarrollo de pautas de comportamiento debe evaluarse en el contexto
de otras influencias sobre la salud sexual de la población adolescente.
Desgraciadamente, si bien muchos programas educativos son innovadores
y encuentran una buena recepción, sus efectos siguen sin medirse.
Es muy poco probable, por consiguiente, que cualquier avance conseguido
se incorpore a programas futuros. Las instancias normativas, preocupadas
por la reacción de la opinión pública, carecen
de datos de evaluación que respalden sus políticas. Si
bien el impacto sobre el sistema educativo de una innovación
como la educación en materia de VIH puede tardar algunos años
en estimarse, las políticas deben contemplar la inclusión
de un componente de evaluación en la planificación de
los programas a fin de facilitar este proceso. Es necesario un aumento
de la inversión en evaluación, en su sentido más
amplio, para dar una sólida orientación a los nuevos
planes de estudios y demostrar que los esfuerzos realizados benefician
tanto a los participantes como a la sociedad en su conjunto. (Anne
Grunseit. Versión editada de Impacto de la educación
en materia de salud sexual y VIH sobre el comportamiento sexual de
los jóvenes: actualización de un análisis. ONUSIDA,
1997. Tomado de Letra S, número 75, octubre 2002).

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Educación
sexual en México,
una disputa histórica
Los actuales pronunciamientos de agrupaciones de ultraderecha como Pro Vida o
la Unión Nacional de Padres de Familia no son nada frente a la oposición
que generó el primer intento por impartir educación sexual en las
escuelas durante la gestión de Narciso Bassols como secretario de Educación
Pública. 



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