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La masculinidad como armadura
Las formas en que los hombres hemos construido nuestro poder social
e individual son, paradójicamente, fuente de un enorme temor,
aislamiento y dolor para nosotros mismos. Si el poder se construye
como la capacidad para dominar y controlar, si la capacidad de actuar
de maneras "poderosas" requiere de la construcción
de una armadura personal y de una distancia temerosa de los otros,
si el propio mundo del poder y privilegio nos aparta del mundo de la
crianza y la educación infantil, estamos creando hombres cuya
experiencia de poder está plagada de problemas paralizantes.
Esto se debe a que las expectativas interiorizadas de la masculinidad
son imposibles de obtener o satisfacer. Esto puede ser un problema
inherente al patriarcado, pero parece particularmente cierto en tiempos
y culturas donde las rígidas fronteras de género han
sido desechadas. Ya sea por logros físicos o financieros, o
por la supresión de una gama de necesidades y emociones humanas,
los imperativos de la masculinidad, parecen requerir de un trabajo
y una vigilancia constantes, especialmente para los jóvenes.
Las inseguridades personales conferidas por la incapacidad de pasar
la prueba de hombría, o simplemente por la amenaza del fracaso,
son suficientes para llevar a muchos hombres, a un torbellino de miedo,
aislamiento, ira, autocastigo, autorrepudio y agresión.
En dicho estado emocional, la violencia se convierte en un mecanismo
compensatorio. Es la manera de restablecer el equilibrio masculino,
de afirmarse a sí mismo y a los demás las propias credenciales
masculinas. Esta expresión de violencia suele incluir la selección
de un objetivo físicamente más débil o vulnerable,
como un niño o una niña, una mujer o bien grupos sociales,
como los homosexuales o los inmigrantes, quienes son blanco fácil
de la inseguridad y la ira de ciertos varones, especialmente porque
esos grupos a menudo no cuentan con protección legal adecuada.
(Este mecanismo compensatorio está indicado claramente, por
ejemplo, en la mayoría de los ataques a homosexuales, cometidos
por grupos de jóvenes, en el periodo de sus vidas en que experimentan
mayor inseguridad respecto a su grado de hombría.)
Lo que permite a la violencia funcionar como mecanismo compensatorio
individual ha sido su amplia aceptación como medio para solucionar
diferencias y afirmar el poder y el control. Lo que hace esto posible
es el poder y los privilegios que los hombres han gozado codificados
en creencias, prácticas, estructuras sociales y en la ley.
La violencia de los hombres en sus múltiples variantes es entonces
resultado de su poder, de la percepción de su derecho a los
privilegios, del permiso para ejercerla y del temor (o certeza) de
carecer de poder.
La armadura psíquica de la masculinidad
La violencia de los hombres también es el resultado de una estructura
de carácter basada típicamente en la distancia emocional
respecto de los otros. Las estructuras psíquicas de la masculinidad
son creadas en ambientes tempranos de crianza, a menudo tipificados
por la ausencia del padre y de varones adultos, o al menos, por la
distancia emocional de los hombres.
En este caso la masculinidad se
codifica por ausencia y se construye a nivel de la fantasía.
Pero incluso en culturas patriarcales donde los padres están
más presentes, la masculinidad se codifica como un rechazo a
la madre y a la feminidad, o sea un rechazo a las cualidades asociadas
con la crianza y el apoyo emocional. Como han hecho notar varias psicoanalistas
feministas, esto crea rígidas barreras al ego o, metafóricamente,
una armadura.
El resultado de este complejo y particular proceso de desarrollo psicológico,
es una habilidad disminuida para la empatía (experimentar lo
que otros sienten) y una incapacidad para experimentar las necesidades
y sentimientos de los demás como relacionados necesariamente
con los propios. Así se posibilitan los actos de violencia contra
los otros.
¿
Qué tan seguido escuchamos a un hombre decir que "en realidad
no lastimó" a la mujer a quien golpeó? Efectivamente,
se está justificando, pero parte del problema es que en verdad
no está experimentando el dolor que causa. ¿Cuántas
veces escuchamos a un hombre afirmar que "ella quería tener
relaciones sexuales"? También puede ser una excusa, pero
a la vez un reflejo de la capacidad disminuida para leer o entender
los sentimientos de los demás.
La masculinidad como olla psíquica de presión
Muchas de nuestras formas dominantes de masculinidad dependen de la
interiorización de una gama de emociones y su transformación
en ira. No sólo se enmudece el lenguaje emocional, también
nuestras antenas emocionales y capacidad de empatía se bloquean.
Una gama de emociones naturales se declaran inválidas y fuera
de nuestros límites. Y aunque esto tiene una especificidad cultural,
es típico que los niños aprendan desde pequeños
a reprimir el dolor y el miedo. Por medio de los deportes enseñamos
a los muchachos a ignorar el dolor. En casa les decimos que no lloren
y que actúen como hombres. Algunas culturas celebran una masculinidad
estoica. (Hay que enfatizar que los niños aprenden esto para
sobrevivir, de ahí la importancia de no culpar al niño
o al hombre individual, aún cuando los hagamos responsables
de sus actos.)
Por supuesto, seguimos, como humanos, experimentando eventos que provocan
una respuesta emocional, pero los mecanismos más comunes de ésta,
desde la vivencia real de la emoción hasta la expresión
de los sentimientos, sufren diversos grados de ruptura en muchos hombres.
Para ellos la única emoción válida es la ira.
De ese modo, una gama de emociones se canaliza hacia la ira. Aunque
esto no es exclusivo de los hombres (ni válido para todos),
para algunos no es raro responder violentamente ante el temor, el sufrimiento,
la inseguridad, el dolor, el rechazo o el menosprecio.
Esto sucede particularmente cuando se siente la ausencia de poder.
Este sentimiento sólo exacerba las inseguridades masculinas:
si la masculinidad es cuestión de poder y control, no ser poderoso
significa no ser hombre. Así, la violencia se vuelve el medio
para probar lo contrario ante uno mismo y los demás.
La violencia aprendida
Para algunos hombres todo esto se combina con experiencias más
patentes. Demasiados hombres han crecido en hogares donde la madre
era golpeada por el padre. Crecieron presenciando conductas violentas
hacia las mujeres como la norma, como la manera de vivir la vida. Para
algunos esto produce aversión a la violencia, mientras que en
otros se convierte en una respuesta aprendida. En muchos casos suceden
ambos fenómenos: hombres que utilizan la violencia contra sus
mujeres a menudo experimentan un profundo repudio de sí mismos
y de sus conductas.
Sin embargo la frase "respuesta aprendida" puede resultar
demasiado simple. Algunos estudios han mostrado que quienes crecen
presenciando violencia tienen mayores probabilidades de actuar violentamente.
La violencia puede ser una forma de llamar la atención, un mecanismo
para sobrellevar la situación, una forma de exteriorizar sentimientos
imposibles de manejar. Estos patrones de conducta continúan
más allá de la niñez: muchos de los individuos
que acaban en programas de atención a hombres que utilizan la
violencia, fueron testigos de abuso contra su madre o lo sufrieron
en carne propia.
Las experiencias pasadas de muchos hombres, también incluyen
la violencia que ellos mismos han padecido. En numerosas culturas,
aunque los niños tengan la mitad de las probabilidades de las
niñas de ser objeto de abuso sexual, para ellos se duplica la
probabilidad de ser objeto de maltrato físico. Esto no produce
un resultado único, y dichos resultados no son exclusivos de
los niños, pero a veces estas experiencias personales inculcan
profundos patrones de confusión y frustración, donde
los niños han aprendido que se puede lastimar a una persona
amada y donde sólo las explosiones de ira pueden eliminar dolores
profundamente arraigados.
Está por último el ámbito de la violencia trivial
entre niños, que no parece en absoluto insignificante. En muchas
culturas los niños crecen entre peleas, hostigamiento y brutalización.
La mera sobrevivencia requiere, para algunos, aceptar e interiorizar
la violencia como norma de conducta. (Michael Kaufman, tomado de Letra
S número 45, abril de 2000)

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Ocho
reflexiones acerca de la hombría


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