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El método más eficaz para protegerte
Los preservativos, cuando se utilizan de forma correcta y sistemática, constituyen uno de los principales métodos de protección contra la infección por el VIH y otras infecciones de transmisión sexual (ITS). En presencia del VIH, la coexistencia de ITS no tratadas en cualquiera de los miembros de la pareja puede facilitar considerablemente la transmisión del VIH en caso de coito no protegido (es decir, aquel en el que no se emplea un condón). Una ventaja adicional de los condones –y un motivo por el que muchos jóvenes los utilizan a menudo– es la protección anticonceptiva. Los condones son relativamente poco costosos y, en general, no tienen efectos secundarios.

El uso del condón como medio de protección contra el VIH/sida ha adquirido una enorme popularidad en muchas partes del mundo, pese a que en muchos países la aceptación de su uso resulta lenta y difícil, pues las sociedades tienen a menudo normas religiosas o culturales que desaprueban o prohíben explícitamente su uso, por no citar la existencia a veces de políticas pronatalistas destinadas a aumentar la población. Es posible que las escuelas o universidades no tengan autorización para suministrar condones, y ni siquiera den información sobre ellos. Incluso en los lugares donde se dispone de condones, es posible que se estigmatice a las personas que los compran o llevan consigo. Esto se aplica especialmente a los jóvenes, a los que la ley llega incluso a prohibir la compra de condones si son menores de cierta edad. La turbación que supone solicitarlos puede ser otro factor que inhibe su uso.
Fuente: Onusida



Historia del condón

La autoría del condón aún está en disputa. El vocablo se le atribuye al afamado, y posiblemente apócrifo, doctor Condom, quien lo fabricaría para el monarca inglés Carlos II. Sin embargo, el término pudiera derivarse de los vocablos latinos condus (recipiente) y condere (esconder, proteger).
La imagen más antigua de lo más parecido a un preservativo aparece en algunos murales egipcios, cuyas figuras masculinas portan en sus miembros una especie de envoltura, aunque el propósito no es claro.

La referencia escrita más añeja se remite al siglo XVI. En su tratado sobre la sífilis De morbo gallico (1560), Gabriello Fallopio, anatomista italiano, recomienda utilizar una funda de fino lino bañada en una infusión de hierbas astringentes para evitar el contagio de la entonces incurable enfermedad.
Lo cierto es que los vestigios de condones fabricados con tejido animal se remontan al siglo XVII. Y ya para el XVIII, los grabados y dibujos de la época informan que la fabricación de condones de intestino de carnero era moneda corriente.
La vulcanización decimonónica del caucho y la posterior aparición de la goma de látex, vinieron a revolucionar los condones de tripa. Desde los años treinta de este siglo se fabrican con hule de látex los controvertidos artefactos, y desde entonces su presentación se ha diversificado en una explosión de colores, olores y sabores.
(Tomado de Letra S número 4, noviembre de 1996)



Sobre el mito de la ineficacia del condón
En 2002, el Population Action International elaboró un estudio sobre la resistencia y utilización adecuada de los preservativos, el cual arrojó una primera y contundente conclusión: "la mala calidad rara vez es causa del fallo de un preservativo". La función primordial del condón, que consiste en bloquear el contacto de cualquier flujo que contenga partículas del VIH con el organismo humano, está garantizada en casi cien por ciento, siempre que su utilización sea la correcta. Una educación integral sobre el uso del preservativo reduciría considerablemente los episodios de falla, deslizamiento o rotura del mismo. Esto lo saben los investigadores y los educadores sexuales, así como los grupos conservadores y la jerarquía eclesiástica, pero estos últimos siempre fingen ignorarlo y regularmente arremeten contra el condón, al que incluso han calificado de "instrumento del demonio".

Durante casi dos décadas se ha insistido, en los círculos científicos y en las campañas de prevención del VIH, sobre algunas cuestiones elementales, que al parecer será preciso repetir incansablemente: el índice de episodios de rotura del condón es bajísimo. En una muestra del programa de Tecnología Adecuada en Salud se señala que de 3,300 consumidores apenas uno por ciento reporta una falla de rotura del condón, relacionada siempre con una colocación inadecuada del mismo. Otro estudio revela que en el caso de deslizamiento accidental, menos del uno por ciento de 237 condones se zafaron durante la penetración o en el momento de retirar el pene. En ninguno de estos casos se cuestiona la calidad del látex y sí las fallas en la información o adiestramiento del usuario respecto al uso del preservativo.

La rotura del condón no conduce siempre a la transmisión de enfermedades infecciosas, apenas un caso de cada diez en contactos anales, y uno de cada cien en contactos vaginales, con factores que pueden agravar la situación de riesgo como la presencia de úlceras genitales. Añade la investigación que no es lo mismo una rotura en la base del preservativo que en la punta, siendo la segunda un riesgo mayor y la primera una falla a menudo sin consecuencias.



Juego de pudores y machismo
Se ha enfatizado en múltiples ocasiones la fragilidad del látex cuando se le aplican lubricantes que lo deterioran (vaselinas, cremas, aceites vegetales), en lugar de lubricantes hidrosolubles, los únicos recomendados. Las sustancias grasas deterioran la superficie del preservativo al punto de provocar una rotura durante el coito. Y aunque la dimensión del virus del sida es más pequeña, apenas 0.1 micras de diámetro, que las 3 micras que mide la cabeza de un espermatozoide, los condones impiden su paso, pues si muestran una gran eficacia en la prevención de embarazos no deseados, en el caso de la transmisión del virus del sida la eficacia preventiva es similar, ya que el virus está contenido en el semen, y al no poder de modo alguno atravesar ese líquido la superficie del látex, se descarta por consiguiente el paso del virus. Por si esto fuera poco, y admitiendo que ningún tipo de prevención garantiza una protección absoluta, queda una cuestión que los grupos conservadores opuestos al uso del condón insisten en soslayar dolosamente, y esto es que incluso el condón de fabricación "más defectuosa" ofrece mil veces más protección contra el virus de inmunodeficiencia humana que una relación sexual desprotegida.

A esta descalificación sistemática del condón se añaden otros factores de desinformación. Uno de ellos, la supuesta inhibición que provocaría el látex de la sensación de placer durante el coito. Contra esta suposición, muchos educadores sexuales han propuesto erotizar el condón y procurar estímulos sensuales muy variados a la pareja antes de la penetración, o en reemplazo de ésta. Erotizar el cuerpo en su conjunto y no privilegiar una genitalización excesiva del contacto, es un modo de propiciar un disfrute mayor del sexo con condón.
Los preservativos han inspirado a menudo desconfianza. Se les considera instrumentos alejados del orden natural y, por ende, del goce espontáneo. El rechazo instintivo del condón, por parte de la pareja masculina, tiene que ver con el mito de considerar que su utilización de algún modo disminuye la virilidad e inhibe una respuesta sexual efectiva. En contra de este mito, hay quienes recomiendan un juego previo con el látex, utilizándolo, por ejemplo, en prácticas de sexo oral protegido, como preámbulo de la penetración. Otro problema es la dificultad de negociar el uso del condón, la renuencia de muchas mujeres a proponerlo, y de paso a protegerse, por temor al estigma que supone ser objeto de suspicacia y recelo por parte de la pareja ("Si es tan buena para exigir condón, es que a muchos otros se lo habrá ya exigido"). La situación deviene un círculo vicioso: si el hombre no propone, la mujer tampoco dispone, y en este juego de pudores y machismo se juega la salud de muchas parejas.



De vez en cuando sí hace daño
Pero aun suponiendo que las condiciones para una aceptación del condón estuviesen dadas, quedan todavía otros factores de riesgo. Uno de ellos, tal vez el más importante, es la discontinuidad en el uso del preservativo. Al ser consultados, muchos jóvenes afirman que utilizan el condón sin ningún problema: ellos parecen haber superado las limitaciones del machismo, manejan bien su autoestima, e incluso lo consideran un juego divertido ("me protejo y me divierto"); ellas afirman mayor aplomo en la negociación del uso del condón ("si mi pareja se niega a usarlo, entonces yo no le entro"). Y hasta ahí todo va bien. Pero al consultarlos sobre la periodicidad de su uso, algunos se sorprenden y señalan: lo utilizo cuando me acuerdo, o cuando tengo una relación con alguien que no se ve muy sano, o con una trabajadora sexual, o cuando no le tengo confianza a quien acabo de conocer. En definitiva: lo utilizo de vez en cuando.

Este uso discontinuo, y prejuiciado, del condón reduce en mucho no la eficacia del mismo, sino la confiabilidad de quien reporta usarlo. Considérese la información que arroja la Revista del Consumidor en su número de enero de 2004. A la pregunta, ¿Con qué frecuencia usas el condón?, los hombres responden: Siempre (31%), casi siempre (19%), a veces (24%), casi nunca (26%). Esto es, el porcentaje de quienes usan el condón de manera irregular es de 69 por ciento.

Ante esta situación de vulnerabilidad frente al VIH y otras infecciones de transmisión sexual, siempre será conveniente informar científicamente sobre los riesgos que implica el uso inadecuado del condón, y sobre la garantía (hasta el momento la más sólida) que ofrece para prevenir las infecciones sexuales. La desinformación dolosa sólo tiene éxito frente a las lagunas y los rezagos educativos en materia sexual. En el caso del condón, el esfuerzo requerido será todavía mayor y más tenaz sin duda la resistencia de la jerarquía eclesiástica.
(Tomado de Letra S número 91, febrero de 2004)


 

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Historia del condón

Sobre el mito de la ineficacia del condón

Juego de pudores y machismo

De vez en cuando sí hace daño


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