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El triunfo del individualismo hedonista un tanto narcisista que anima la conciencia del ser occidental desde fines del siglo XIX, provocó un profundo cambio en las costumbres sexuales del siglo que acaba de concluir. Esa gran revolución sexual se ha caracterizado sobre todo a pesar de la muy espectacular aparición del mundo homosexual y su salida del clóset por el desarrollo de las prácticas heterosexuales. No debemos olvidar que si "la revolución sexual" ha sido aprovechada por las minorías homosexuales, ésta sigue siendo un fenómeno ligado mayoritariamente a la actividad heterosexual. La permisividad de la sociedad moderna actual ha tolerado que los y las jóvenes tengan prácticas sexuales fuera del cuadro restrictivo del matrimonio. Y una vez admitida la existencia de posibles experiencias sexuales fuera de ese cuadro que había sido el regulador durante siglos de la sexualidad occidental, la sexualidad de los adolescentes se volvió algo aceptado después de los años cincuenta. En cuanto a los jóvenes de hoy, lo que constatan los estudios es menos el crecimiento de la precocidad sexual que la aparición de nuevas manifestaciones sociales de esa sexualidad adolescente. Estos no son más precoces que sus padres, pero sus primeras experiencias son probablemente menos traumáticas que las de aquéllos. Esas "primeras veces" no se desarrollan ya en el interior de coches o sucios moteles de paso, sino en condiciones más confortables como la casa familiar y los centros vacacionales, y son en general el resultado de un acuerdo mutuo elaborado por la pareja. El ejercicio de esa sexualidad que tantos temores provocó a los pedagogos del siglo XIX, se ha logrado sin mayores problemas individuales o colectivos. La decadencia de las costumbres y el fin de la cultura que profetizaban ciertos moralistas frente a esta nueva permisividad, no sólo no ha acabado con el matrimonio en Francia se celebró un número récord de matrimonios en 1998 sino que ni siquiera a nivel global favoreció prácticas como la homosexualidad. En contra de lo que podían predecir algunos teóricos gay, cuando intentaban pensar "el tercer sexo", la proporción de hombres y mujeres que han tenido relaciones homosexuales no parece haber aumentado durante el siglo XX, e incluso las encuestas efectuadas en el contexto del sida han mostrado cifras inferiores a las que se podían esperar.

Se puede llegar a la constatación de que, si el nuevo consenso social occidental admite una relativa libertad sexual generalizada, esa liberalización no se ha dado al azar ni en cualquier dirección, y que lejos de favorecer un libertinaje desenfrenado, el ejercicio de esa libertad se ha hecho más bien en el sentido que excluye, en buena parte, o discrimina de manera discreta, las conductas situadas en las márgenes de una sexualidad heterosexual bastante tradicional. Esa libertad recién adquirida, según algunos autores más bien pesimistas, tendría como efecto el de actuar en el mismo sentido y finalmente de la misma manera discriminatoria que las prescripciones de los moralistas y censores del siglo XIX.

Describir la entrada a la sexualidad genital de los adolescentes no consiste en hacer una lista de sus prácticas, lo que supondría que esas son fijas y estables, sino en reencontrar las vías, precisar las estrategias, por las cuales los adolescentes entran al universo de la sexualidad. Tomando en cuenta los cambios desarrollados en ese espacio íntimo, tampoco podemos considerar a la sexualidad adolescente como una propedéutica a una sexualidad "adulta y normal" que sería su modelo y fin. La búsqueda sexual de los jóvenes es de hecho ya parte de su vida sexual y no una etapa preliminar; por eso los autores de la encuesta que utilizamos consideran pertinente destacar y fechar todos los actos y características de las relaciones ligadas a la actividad sexual. La sucesión de estos actos constituye la biografía sexual de los adolescentes, y los intervalos que separan cada una de esas prácticas pueden ser tiempo de maduración, frustración, deseo o tiempos muertos, pero esa sucesión temporal se revela llena de sentido.

Iniciación sexual, entre el placer y el riesgo
A los 15 años de la presencia del sida en Francia, podría parecer extraño que un sector de la población joven y adulta siga exponiéndose todavía a serios riesgos de infección. Las campañas nacionales, muchas de ellas basadas en la familia, la fidelidad conyugal o el "desliz seguro", no han tenido efecto en ese sector joven, porque la idea que proponían de reducir las opciones sexuales no entraba en su cultura adolescente. Ellos sienten que la propuesta se parecía más bien a la clásica pareja de sus padres y a la bien conocida situación del adulterio. Algunos autores al darse cuenta de la persistencia de esas conductas riesgosas, de que esos jóvenes no habían renunciado a sus prácticas "anarquizantes" y de que rechazaban estabilizarse en una relación más duradera, concluyeron de manera apresurada que los jóvenes eran "ignorantes" o por lo menos muy descuidados por los riesgos que tomaban. Pero es evidente que si pretendemos entender, y no condenar, por qué ciertos adolescentes corren esos riesgos, deberemos intentar colocarlos dentro de los comportamientos generales en los cuales se sitúan.

Para los jóvenes, entrar a la sexualidad, como el acto de fumar tabaco, darse un toque, emborracharse o incluso consumir éxtasis, no es solamente ir "contra" el modelo familiar, sino que estos actos son a la vez pasos necesarios de la afirmación y de la construcción de una autonomía personal, al mismo tiempo que contienen en sí una buena parte de dosis de placer. Que la manera como se construyen esos ritos de pasaje hacia la independencia personal esté muy codificada por los pares, no les quita su atracción y el placer asociado a su realización. Preservar su salud es sin duda importante, pero esto no puede ocultar que ésta siga siendo, para los jóvenes y probablemente más que para sus padres, una condición y no una finalidad de la existencia. Insistiendo en ese punto, Hugues Lagrange escribe: "sostenemos para los jóvenes una noción de riesgos que mezclan placeres y peligros, asociándolos no a las prácticas tomadas de manera aislada, sino a comportamientos, a conjuntos de actos no aislados".

Relaciones duraderas, condón a la baja y riesgos al alza
El uso de los preservativos declina a medida que aumenta la frecuencia de las relaciones sexuales: cuando éstas llegan a darse una vez a la semana, la utilización de los preservativos disminuye a 30 por ciento y baja aún más cuando la frecuencia se vuelve bisemanal. La utilización de los preservativos es de sólo 15 por ciento para los que tienen dos o más relaciones a la semana. Como esa frecuencia es sólo posible en relaciones que empiezan a durar, se puede entender por qué la anticoncepción oral, la píldora, empieza a reemplazar de modo importante al condón, porque lo que está en juego aquí es más una protección contra el embarazo, que una protección contra el sida, cuyo peligro en parejas estables y de larga duración parece desdibujarse. Sobre todo porque, con la posibilidad de los actuales exámenes de detección, una relación estable y basada en la confianza puede hacer pensar que el problema del sida ya no les compete de manera inmediata.
Según esta encuesta, los jóvenes que toman riesgos serían cerca de 100 mil en peligro potencial (del total de la generación de 15 a 18 años), lo que ameritó que los poderes públicos se interesasen en sus determinaciones individuales y colectivas.

En tanto que generación, se puede constatar que la preocupación por el sida ha sido integrada en los primeros años de los noventa. En la fecha de su primera relación, 50 por ciento de los jóvenes en 1991 se sentían involucrados, pero en 1993 ya eran 70 por ciento. Concientización marcada por el aumento del uso casi generalizado del condón. El miedo al sida puede provenir de la experiencia personal, de conocer a alguien con sida, de las campañas masivas o de la información escolar y parental. Casi 20 por ciento de esa generación conoce a alguien, amigo o familiar, afectado por la epidemia, incluso se pudo mostrar que mientras más cercana esté la persona enferma más se consolida el uso del condón.
Los jóvenes encuestados presentan varias reacciones frente al sida. Hay quienes tienen un miedo bastante irracional, reacción que comparten con una parte de los adultos: el sida es una amenaza que desborda la capacidad de control y de pensar "de uno"; lo extraordinario del caso es que los aterrorizados son también los que menos precauciones toman en sus relaciones. Así parecería que ese sentimiento primario tendría un efecto esencialmente paralizante.

Para la mayoría que ha integrado realmente la presencia del sida, la distinción entre amenaza y riesgos tiene consecuencias sobre las estrategias de prevención. Así podemos pensar que, en el uso del condón, no está en obra sólo una reacción elemental a una amenaza difusa y de otro modo incontrolable, sino que es una estrategia de protección. Incluso el hecho de declararse enamorado de su pareja no está para nada asociado con la utilización o no de preservativos, ni en la primera relación ni en la más reciente.

En total, el rápido aumento de la utilización de los preservativos en la primera relación sexual entre 1989 y 1993 parece estar ligado al peso creciente de la epidemia y al impacto de las campañas de prevención. Pareciera incluso que el mensaje ya pasó y que los jóvenes que entran a la sexualidad con relaciones múltiples en el momento de la encuesta tienden a utilizar el condón más aún que sus predecesores. Los que han empezado a utilizarlo en su primera relación continúan utilizándolo de manera masiva, incluso años después. (Guy Rozat. Tomado de Debate feminista núm. 20, oct. 1999. Publicado con el título “Cuerpos y sexualidad en Francia en tiempos del sida”)


 

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